LIbertad y fuerza, músculo y maña, sudor y sangre son algunos de los ingredientes que contiene este coctel volátil relleno de magia y alaridos.
La lucha libre tiene origenes milenarios, sus practicantes se inspiran sin querer queriendo, en un libro llamado "El origen de las especies" de un tal Carlitos Darwin.
Aqui, señoras y señores, sobrevive el que se come al otro a punta de petardos verbales, el que torea al más guarro a punta de verborrea, el que revira el insulto más ácido lanzado desde gayola y no le importa recibir un botellazo; en pocas palabras: el más fuerte.
Aquí, niños y niñas, se curten los hombres y las mujeres con cachetadas guajoloteras y la ilusión de aparecer en la revista con la cara pintada de rojo.
Como en cualquier habitat, hay clases y especimenes, niveles y categorías. El respetable lo sabe, lo huele, lo percibe como un sabueso terco y rabioso.
Una voz, al borde de un ataque de engolamiento, anuncia los salmos y los nombres de los oficiantes. Es apenas el inicio y los gritos se desgranan por doquier pero no se desbordan, porque hay que guardar fuerza para el final.
Los primeros soplamocos tienen una misión muy clara y milimétricamente establecida : prender la fogata y atizar los leños.
Desde la tercera cuerda, el guerrero surca el vuelo y atrapa en el aire, el Jesús en la boca, que todos los mortales portan en la arena sin ningún pudor
Entre comestibles ligeros y líquidos agrios de invariable folclorismo, surgen las palabras altisonantes, gastadas en significado, pero no en intención.
Trascurren los primeros combates ofrendados al dios Tláloc bajo el grito inconfundible : “ahi va el agua”.
Por fin, llega el momento culminante : la última batalla. Es el sacrificio final, como ofrenda a ese sol que burbujea en los cuerpos de los invitados. La derrota o la victoria como catarsis infinita.
Aquí, damas y caballeros, solo hay lugar para un protagonista y un antagonista. No existen los grises.
Los rudos se comen las reglas con sal y limón. Los técnicos son esos optimistas que piensan que la ley es una santa de 45 años que ha llegado virgen al oficio más viejo del mundo.
En esta tierra de pepitas y edecanes, todo tiene un color, un código, un tiempo para encarar a ese monstruo de mil máscaras y escupirle su condición de simple mortal.
Es el momento del climax y hoy le toca ganar al paria que no tiene dinero, ni tiempo, ni astucia para ir al psicólogo, porque el ya pago su boleto de entrada y su pasaporte directo a la evasión.
Es el momento catártico en donde todo cabe en un insulto sabiéndolo acomodar. Todos los huéspedes aceptan el final, sueño o pesadilla, blanco o negro, no importa, aquí lo fundamental es la expiación de las culpas, de los traumas y de la rabia.
Todo ha terminado, todos los ícaros ilusos se quitan la máscara, se quitan los sudores, los fantasmas y la jeta embarrada de plata y misticismo.
Como una peregrinación damnificada, todos recorren y saborean las últimas huellas de la batalla y se ponen otra cara para enfrentar el peor de los pancracios: el de la vida real.
Una voz, al borde de un ataque de engolamiento, anuncia los salmos y los nombres de los oficiantes. Es apenas el inicio y los gritos se desgranan por doquier pero no se desbordan, porque hay que guardar fuerza para el final.
Los primeros soplamocos tienen una misión muy clara y milimétricamente establecida : prender la fogata y atizar los leños.
Desde la tercera cuerda, el guerrero surca el vuelo y atrapa en el aire, el Jesús en la boca, que todos los mortales portan en la arena sin ningún pudor
Entre comestibles ligeros y líquidos agrios de invariable folclorismo, surgen las palabras altisonantes, gastadas en significado, pero no en intención.
Trascurren los primeros combates ofrendados al dios Tláloc bajo el grito inconfundible : “ahi va el agua”.
Por fin, llega el momento culminante : la última batalla. Es el sacrificio final, como ofrenda a ese sol que burbujea en los cuerpos de los invitados. La derrota o la victoria como catarsis infinita.
Aquí, damas y caballeros, solo hay lugar para un protagonista y un antagonista. No existen los grises.
Los rudos se comen las reglas con sal y limón. Los técnicos son esos optimistas que piensan que la ley es una santa de 45 años que ha llegado virgen al oficio más viejo del mundo.
En esta tierra de pepitas y edecanes, todo tiene un color, un código, un tiempo para encarar a ese monstruo de mil máscaras y escupirle su condición de simple mortal.
Es el momento del climax y hoy le toca ganar al paria que no tiene dinero, ni tiempo, ni astucia para ir al psicólogo, porque el ya pago su boleto de entrada y su pasaporte directo a la evasión.
Es el momento catártico en donde todo cabe en un insulto sabiéndolo acomodar. Todos los huéspedes aceptan el final, sueño o pesadilla, blanco o negro, no importa, aquí lo fundamental es la expiación de las culpas, de los traumas y de la rabia.
Todo ha terminado, todos los ícaros ilusos se quitan la máscara, se quitan los sudores, los fantasmas y la jeta embarrada de plata y misticismo.
Como una peregrinación damnificada, todos recorren y saborean las últimas huellas de la batalla y se ponen otra cara para enfrentar el peor de los pancracios: el de la vida real.
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